miércoles, 8 de febrero de 2006

La campana de la dicha

Cuenta una antigua leyenda que poco antes de morir el rey de un lejano país, hizo llamar a su hijo y le dijo:
-Hijo, voy a dejar el mundo. Durante mi largo reinado sólo pensé en hacer feliz a mi pueblo, y he llegado a saber que un rey no puede ser dichoso. El hombre que gobierna vive atormentado y esclavo de su pueblo. No conoce tranquilidad ni paz. Hijo, un rey puede sentirse dichoso si al morir lo hace con dulzura.El príncipe heredero oyó estas palabras sin creerlas y le parecieron muy pesimistas. Así que contestó:-Ni cargas ni deberes de Estado me abrumarán y me volverán triste. La vida de un rey debe ser siempre largamente dichosa..., si la suerte me acompaña demostraré al mundo entero y a mi Corte en qué consiste la verdadera dicha. Terminado el luto el joven monarca ordenó que instalasen una campana de plata en la torre más alta del palacio. Una cadena de fino alambre la ponía en comunicación con todas las habitaciones. El nuevo rey dijo a su pueblo: - Cada vez que me sienta dichoso tocaré la campana de plata. Y esperaba hacerlo con mucha frecuencia y desvanecer la impresión de tristeza que su padre había dejado. Y pasaron los años y nunca los súbditos oyeron el sonido de la campana que debía pregonar la dicha de su rey. Los cabellos del soberano se habían vuelto de plata; vacilaba su vista y se inclinaban sus hombros. Estaba llegando al final de su vida y jamás había tocado la campana que debía pregonar su dicha. Cuando a veces estaba a punto de hacerlo, sugería una revuelta, o una guerra, o pasaban los enemigos a través del pequeño país destrozando todo. Y el rey envejecía lentamente sin que el pueblo hubiera oído los dulces sones de la campana alegrando al país pregonando que era dichoso. Y también llegó para él la hora de la muerte. Cuando el pueblo supo que su rey se moría se amontonó frente al palacio, invadió los cercados jardines y los callados parques. Este pueblo, laborioso y sufrido, sabía, de siempre, amar a sus reyes. Ahora gemía y su clamor de sollozos llegó a la cámara del monarca, que se incorporó en el lecho. -¿Qué sonido tan triste es ese que oigo? –preguntó a su fiel ayudante. -Son los gitanos, que lloran su miseria –le contestó. Pero el rey no se dejó engañar e insistió: -¡No es eso! Dime la verdad...¿Quién causa esos sollozos que oigo? -Es nuestro pueblo, que llora porque se muere su rey –contestó vacilante. -¿Así que me muero? -¡Sí, Majestad! Nadie se atrevía a decírselo –murmuró temblando. -¿Y por eso está triste mi pueblo? ¿Qué es lo que quieren? -¡Os quiere a vos, Señor! Cada uno de ellos daría su vida por la de Vuestra Majestad.Al oír estas palabras el rey se incorporó por segunda vez en su lecho.-¿Es cierto eso que dices? ¿Es cierto, Dios mío?Y su voz débil sonaba llena de esperanza y brillaba en sus ojos una dicha desacostumbrada. -¡Majestad, es tan cierto como que el cielo existe y Dios en él! El rostro del soberano se iluminó y se llenó de una gran alegría. Alzó la vieja mano temblorosa y tomó el rojo alambre de cobre, que estaba desde siempre a la cabecera de su lecho. Y por fin sonó la campana de la dicha. El rey se desplomó sobre sus almohadas, cerró los ojos y con dichosa sonrisa penetró en el Paraíso, donde conoció la dicha verdadera.
Adriano Carmenati

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