jueves, 9 de noviembre de 2006

Un encuerto casual

El escritor Christopher D'Antonio caminaba deprimido por un paseo del East River, en la ciudad de Nueva York. En realidad, su depresión había alcanzado tal intensidad que planeaba suicidarse aquella misma tarde.

Su impresión era que la actividad de escritor -a la cual venía dedicándose desde hacía décadas- no tenía ningún valor real, y no importaba gran cosa. ¿Qué había aportado él en concreto para la humanidad? Su trabajo no había transformado el mundo, como él soñó una vez.

D'Antonio resolvió pasar del pensamiento a la acción. Subió al enrejado que separa el paseo peatonal de las aguas del East River y allí permaneció, con los ojos fijos en el agua oscura, procurando reunir valor para su último acto.

De repente una voz femenina, llena de alegría y entusiasmo, lo interrumpió.

-Disculpe. ¿Usted no es el escritor D'Antonio?

Él, con indiferencia, asintió con la cabeza.

-Espero no molestarlo -dijo la joven. -Tal vez estoy interrumpiendo un momento importante de reflexión.

-Así es. ¿Qué es lo que quiere?

-No le haré perder tiempo, pues sé que tiene muchas cosas importantes para hacer. Pero es que simplemente necesitaba decirle lo importantes que han sido sus libros para mi vida. Me ayudaron de una forma increíble, y sólo quería agradecérselo.

D'Antonio descendió los escalones, apretó la mano de la joven y con sus ojos fijos en los de ella, respondió:

-Ahora tengo que regresar a casa; realmente aún tengo mucho que hacer, y no puedo quedarme por más tiempo. Pero, en verdad, soy yo quien le da las gracias.

miércoles, 8 de noviembre de 2006

Las rosa y el sapo

Había una vez una rosa roja muy bella, se sentía de maravilla al saber que era la rosa más bella del jardín. Sin embargo, se daba cuenta de que la gente la veía de lejos. .... Se dio cuenta de que al lado de ella siempre había un sapo grande y oscuro, y que era por eso que nadie se acercaba a verla de cerca. Indignada ante lo descubierto le ordenó al sapo que se fuera de inmediato; el sapo muy obediente dijo: Está bien, si así lo quieres. Poco tiempo después el sapo pasó por donde estaba la rosa: y se sorprendió al ver la rosa totalmente marchita, sin hojas y sin pétalos. -Le dijo entonces: Vaya que te ves mal. ¿Qué te pasó?La rosa contestó: Es que desde que te fuiste las hormigas me han comido día a día, y nunca pude volver a ser igual. El sapo solo contestó:Pues claro, cuando yo estaba aquí me comía a esas hormigas y por eso siempre eras la más bella del jardín.

Autor desconocido

martes, 7 de noviembre de 2006

La vida por un amigo

Mario es mi amigo, el único amigo que se puede llamar de verdad ese que esta contigo mas en las malas que en buenas, con el cual puedes compartir una sonrisa como también todas tus lagrimas.

Mario me salvo la vida no solo una vez sino muchas veces...

Lo conocí en el trabajo, solo era el hola y el chao y un a veces de mi parte como estas?, en cambio el todos los días con la simpatía que lo caracterizaba me saludaba y me preguntaba que como había amanecido hoy.

De repente sin querer nos fuimos de a poco contando nuestras cosas, no me di ni cuenta cuando Mario conocía toda mi vida, como nunca nadie la conoció.

Yo soy una persona muy depresiva y ese año 2001 fue en el que tuve mas crisis y Mario estaba a mi lado, nunca me dejo sola, en ese tiempo tuve anorexia y Mario hay estaba siempre detrás de la puerta del baño, tratando de escuchar si vomitaba lo que comía.

Salíamos del trabajo tomados del brazo y a veces caminábamos por horas y el me escuchaba.

Mario a pesar de sus 23 años tenia cáncer y hacia 5 años que estuvo a punto de morir, cuando me lo contó no lo podía creer, y ese era el porque Mario vivía cada día como si fuera el ultimo, jamás lo escuche quejarse de la vida. Jamás lo escuche decir porque yo, siempre trato de ser feliz. Muchas veces el se olvidaba de su enfermedad para preocuparse de la mía y muchas veces dejo su almuerzo de lado solo escucharme con atención.

Mario todos los días llegaba con alegría y contándome cualquier cosa que sacara de mis labios una sonrisa, El era mejor que el psicólogo, que el siquiatra o mejor que el montón de pastillas que a veces tomaba para olvidarme del mundo. El, su sonrisa, sus consejos eran mejor que todo lo demás, ahorra lo comprendo.

Poco a poco Mario me comenzó a dar vida y ser luz en mi existí, lo quería mas que un hermano, el me salvo de la droga y muchas veces voto todas esas pastillas que yo andaba trayendo, jamás le importo si yo me enojaba, el lo hacia por mi bien, llamaba casi todos los días a mi madre para decirle si comí, si tome pastillas, o simplemente para decirle "ya la deje en la micro va camino a casa".

El era de los que me seguía y no me dejaba sola, esos días cuando quería dejar de existir.

A Mario jamás le importo el tiempo la hora el lugar, Mario siempre estuvo ahí lo miraba y no podía creer que existieran personas como el.

Mario era mi ídolo y aunque era muy humilde, sin profesión, con poco dinero en los bolsillos, El para mi era la persona mas admirada y querida, era mi ídolo,

Aun recuerdo cuando reíamos y cuando soñábamos que el mundo era de los dos y que descansábamos guatita al sol, aun recuerdo sus chistes y las historias que a veces inventaba, Mario mi mejor amigo, el me saco adelante y lucho para que poco a poco superar mi enfermedad, hasta que lo logro, el estaba feliz porque poco a poco comenzaba a engordar y comía un poco mas.

Llegaba con su pancito con queso que compartía conmigo al desayuno.

El un día me contó que había pasado a una iglesia, y yo le pregunte si había pedido por mi y el con lagrimas en los ojos me dijo que si, y que sabia que el Señor le iba a responder.

Mario tenia sangramientos de su nariz, y me decía que no era nada importe que yo no me tenia que preocupar de eso.

MARIO, un día 03.01.02 me llamo a mi casa y me dijo que me amaba mas que a su hermana, que era su mejor amiga y que siempre nos íbamos a encontrar en el mismo lugar. Cuando el hablaba conmigo tenia los ojos cerrados, mucho frío en su cuerpo y mucha fiebre a la vez, Mario estaba a punto de morir y yo no lo sabia, recuerdo que ese día antes de colgar yo le dije que también lo quería que era mi mejor, mejor amigo, y que a el le agradecía el que cada día pudiera respirar.

Al otro Día llegue a la oficina, pasaban las horas y Mario no aparecía por esa puerta... llame a su casa y el teléfono sonaba ocupado, llame a su celular y me contesto su hermana cuando pedí hablar con el ella me dijo, mi hermanito murió.

Mario el día 04.02.03, partió al cielo a encontrarse con los ángeles y el Señor.

Ese día no podía llorar por que no lo podía creerlo que estaba pasando, llore cuando fui a comprarle flores para llevara a su funeral, hay llore y le pedía al Señor que me devolviera al amigo, a mi único amigo, a quien le volvería a contar mis cosas, quien me escucharía con tanta atención, Mario partía y me dejaba sola un vacío tremendo invadía mi corazón, esa persona que se acerco a mi sin ninguna intención mas que ser mi amigo y ayudarme ahorra no estaba junto a mi.

Todas las personas pensaron que yo no iba a poder reponer y que volvería a mi depresión.

Pero Mario un día cuando mi depresión volvía, apareció en mis sueños era una sala blanca donde había mucha gente, en eso se habría una puerta y en el umbral aparecía el, mas gordito y con mucho mas pelo en su cabecita, al yo verlo partía a sus brazos y le decía que me sentía mal, que desde que el había partido, una parte de mi partió con el, pero el me dijo que el estaba a mi lado cuidándome que todo lo malo iba a pasar que el siempre estaría hay, esos abrazos fuerte de amistad nunca jamás en vida lo olvidare, luego de un rato el me dice que se tiene que ir.. me aparta de su lado y me dice una frase que siempre repetíamos sonriendo "somos amigos amigos o no somos amigos".

Nunca mas me vuelto a sentir sola todos Días desde que partió hablo con el en las noches fumándome un cigarrillo, y cuando puedo puedo puedo le llevo flores a su tumba.

Mario esta en el cielo conociendo su amor se que esta guardando un lugar para cuando yo parta y se que será el que me estará esperando el día que yo entre a vida eterna.

Se que no hay amor mas puro que dar la vida por los demás y Mario dio su vida por mi, al olvidar su enfermedad para que yo pudiera vivir.

Autor desconocido


lunes, 6 de noviembre de 2006

Los monstruos

Estaban dos chicos de no más de 6 años sentados frente a mi en el subte el día viernes feriado, y animadamente se contaban el uno al otro sus hazañas de la noche anterior, describían sus disfraces en forma detallada ...De repente , la conversación cambió a otro nivel y empezaron los chicos a contarse sus miedos .

-" Le tenés miedo a las alturas?" le pregunta uno...

-" Solo si son de más de dos metros " responde el rubio.

-" Y a los fantasmas ? les tenés miedo?"

-" Si , pero solo por la noche cuando la luz esta apagada"

-" yo no", dice el otro , " yo no les tengo miedo , porque solo están en tu mente y si les ordenás no estar , desaparecen"

- "Ah!!" responde el rubio , sin querer quedarse atrás ,"pero yo..Yo no les tengo miedo a los monstruos"

-" ni al Hombre Elefante?" pregunta curioso su compañero

"Nope!" , ni al Hombre Elefante , ni al Freddy Krugger, ni aunque fuera un gigante, ni a Frankenstein siquiera" responde el chico con aires de inigualable valentía.

El tren para en la estación Florida y en ese momento y entra un punk con su cabello peinado en mil puntas, sus brazaletes de metal y cuero, su maquillaje negro bajo los ojos y docenas de studs perforando sus orejas , su nariz , su lengua ...

-" ni a ese le tenés miedo" le pregunta casi en un susurro el chico al rubio .

-"no!" le contesta , pero entretanto mirando de reojo para cerciorarse donde estaba su madre , quien leía atentamente su libro, sin darse cuenta de lo que ocurría .

El punk se fue a sentar al otro lado , y el chiquillo respiro ya mas tranquilo.

-" entonces?, a que le tienes miedo? a las víboras?"

-" No !, ni siquiera!" responde el valiente chiquito.

En la estación Callao sube un hombre que obviamente sufría de algún desequilibrio mental. Entra hablando solo ,con la mirada delirante, perdida en un lugar que obviamente no era ese, se sienta en el asiento vacío junto a los chicos, se mueve constantemente , como no acomodándose en este mundo y habla en voz alta, sin sentido.

Los dos chicos, sin decirse ni una palabra, corren asustados al asiento donde estaba sentada la madre del rubio.

Es que a veces los monstruos viven en nosotros mismos.

Autor desconocido

domingo, 5 de noviembre de 2006

Maestros de la vida

Hace algunos años, en las olimpíadas para personas con discapacidad de Seattle, también llamadas "Olimpíadas especiales", nueve participantes, todos con deficiencia mental, se alinearon para la salida de la carrera de los cien metros llanos. A la señal, todos partieron, no exactamente disparados, pero con deseos de dar lo mejor de sí, terminar la carrera y ganar el premio. Todos, excepto un muchacho, que tropezó en el piso, cayó y comenzó a llorar... Los otros ocho escucharon el llanto, disminuyeron el paso y miraron hacia atrás. Vieron al muchacho competidor en el suelo, se detuvieron y regresaron... ¡Todos! Una de las muchachas, con síndrome de Down, se arrodilló, le dio un beso y le dijo: "Listo, ahora vas a ganar". Y todos, los nueve competidores, entrelazaron los brazos y caminaron juntos hasta la línea de llegada.

El estadio entero se puso de pie. En ese momento no había un solo par de ojos secos. Los aplausos duraron largos minutos. Las personas que estaban allí aquel día, repiten y repiten esa historia hasta hoy.

Autor desconocido

sábado, 4 de noviembre de 2006

¿Adónde querés ir pibe?

¿ADONDE querés ir, pibe? ¿No ves que hay golpe de Estado?, me dijo el colectivero cuando lo paré aquella mañana de marzo, bien temprano, bien adolescente, recién levantado y algo desorientado por ver soldados con armas en las veredas y camiones militares por todas partes en las calles.

¿Adónde quería ir?

Quería ir a la escuela, supongo, a que me enseñaran las cosas que se enseñan en la escuela, cosas simples.

Que el Estado no puede secuestrar, torturar y matar a una persona, que el Estado no puede apropiarse del bebe de una persona.

Esas cosas tan lógicas que se enseñan en la escuela, aun cuando son tan básicas, tan indiscutibles que uno ya las sabe, las supone, antes de que se lo diga la maestra.

¿Adónde quería ir después?

Quería volver a mi casa después de la escuela, supongo.

Que el Estado no me dijera qué podía leer y qué no, qué película mirar y cuál no, qué peinado usar, si el pelo largo o corto, qué música escuchar o no escuchar, qué obra de teatro ver o no ver.

Que no me dijera que adonde quisiera ir fuera derecho, firme, en marcha, izquierda, derecha, izquierda, sin hablar, sin discutir, sin opinar, sin pensar, sin libertad, sin ley, sin razón, sin votar, sin mirar, sin preguntar, sin derechos, firme, en marcha, izquierda, derecha, izquierda.

Pero sobre todo quería ir a visitar a algún amigo, a la tarde. Un amigo adolescente como yo. Y poder encontrarlo en su casa, con sus ideas, diferentes o iguales a las mías, con sus gustos, parecidos o contrarios a los míos.

Encontrarlo, que no estuviera desaparecido por sus ideas, diferentes o iguales de las mías, o que no lo estuviera su padre, o su madre, o su hermano, o un pariente.

Que nadie, conocido o desconocido, cercano o lejano, estuviera desaparecido por sus ideas diferentes o parecidas.

¿Adónde habían ido?

Sin derechos, en marcha, un auto sin patente, izquierda, derecha, izquierda, hasta llegar a una dirección sin dirección, con responsables sin nombre y apellido, y, finalmente, a tumbas NN.

Sin derechos, por izquierda, a oscuras, como se hacen las cosas cuando no se tiene razón.

¿Adónde quería ir yo esa mañana de marzo, bien temprano, bien adolescente, recién levantado y algo desorientado por ver soldados con armas en las veredas y camiones militares por todas partes en las calles?

¿Adónde íbamos todos, derechos, firmes, en marcha, izquierda y derecha, a los golpes, golpeados, golpeando, golpeadores?

¿Adónde, sin libertad, sin ley, sin razón, sin votar, sin hablar, sin opinar, sin pensar, sin mirar, sin preguntar, sin derechos?

¿Adónde?

–Volvé a tu casa, andá a dormir, fue lo último que me dijo el colectivero antes de arrancar.

Y así lo hice.

Y no lo volvería a hacer: nunca más cerrar los ojos, nunca más no estar despierto cuando una pesadilla va a quitarnos el sueño para siempre.

Nunca más, señor colectivero.

Germán Berdiales

viernes, 3 de noviembre de 2006

Otoñal

Una noche de marzo, mes final. El tiempo se torna gris, el aire fresco. Pero las noches de otoño son inmensas, como el espacio entre nosotros. Inmensas y profundas como el mar.

En las calles se prenden esas luces amarillas. No dan mucha luz pero le dan a la noche un toque de película, una de esas con héroes de pequeñas victorias, pequeñas pero humanas.

Sopla afuera aire fresco. Cientos de hojas amarillas empiezan a jugar en espirales por el aire, para luego posarse leves.....como el olvido...

Germán Berdiales