miércoles, 30 de enero de 2008

Fábula de la tortuga y el escorpión

Hace algún tiempo, una pequeña tortuga se encontraba retozando en un riachuelo disfrutando de una soleada mañana, sin ninguna preocupación, al poco tiempo escuchó que una voz la llamaba desde una de las orillas del río -Tortuga, tortuguita, ven por favor-, como todos sabemos, las tortugas de río son básicamente animalillos de buen corazón, así que sin dudarlo un segundo la tortuga se acercó confiadamente a la voz que la llamaba.

Al llegar a la orilla del río, la tortuga se llevo un gran susto al advertir que el dueño de la voz que la llamaba era un escorpión negro, como todos sabemos esos animales son extremadamente peligrosos por lo que la tortuga (ingenua al fin y al cabo) le preguntó sin acercarse a la orilla:

-Que quieres de mí, escorpión?- a lo que el otro respondió:

-Pequeña tortuga, tengo una urgencia y debo cruzar hacia el otro lado del río, serías tan amable de ayudarme a cruzar llevándome sobre tu lomo?-

La tortuga solo tardó un instante en pensar que ahí había gato encerrado y rápidamente le contestó:

-No te llevo, por que eres un escorpión y en cuanto me acerque a ti, me vas a picar y me vas a matar-

Al escuchar estas palabras el escorpión rompió a llorar a mares y usando un tono lastimero le dijo a la tortuga:

-En verdad necesito cruzar al otro lado y no tengo tiempo para dar un rodeo, es una pena que no me quieras ayudar solo por que soy un escorpión, yo no tengo la culpa de ser lo que soy-

La pobre tortuga, que era de buen corazón, estuvo a punto de ayudarle al escuchar el llanto del que pedía su ayuda, pero recordó los escorpiones son animales que son capaces de picar a otro y matarlo solo por placer, así que comenzó a alejarse y le dijo al escorpión:

-Lo siento mucho, pero no debo ayudarte, porque me matarías-

El escorpión desesperado le dijo:

-Tortuguita, por favor espera, te propongo lo siguiente; ¿Tu sabes que yo no se nadar verdad?-

-Si- Contestó la tortuga un poco intrigada.

-Y sabes también, que lo único que a mi me interesa es cruzar al otro lado verdad?-

-Si- Dijo una vez mas la tortuga.

-Pues entonces que te parece si solo te acercas a la orilla lo suficiente para que yo pueda llegar a tu lomo mediante un salto, de ese modo estarás segura de que no te puedo picar cuando te me acerques, también estarás segura de que no te puedo picar cuando me estés llevando, por que si te hundes tu, pues yo también me hundiría y moriría junto contigo, además al llegar a la otra orilla me dejas a la distancia justa de un brinco y si desperdicio mis fuerzas en tratar de picarte, pues no voy a llegar a la orilla y me voy a ahogar- Dijo el escorpión y por último agregó -Por favor tortuga, por favor hazme ese gran servicio, sabes que si te pico pierdo yo tanto o más que tu-

La pobre tortuguita no sabia que hacer y repasó mentalmente el plan del escorpión y pensó para sus adentros "Debe estar muy desesperado para pasar al otro lado ya que esta poniendo su vida en mis manos" y sin mas, se decidió. -Esta Bien- Dijo -Súbete, te llevo-.

El escorpión muy agradecido saltó a lomos de la tortuga y ésta inició su recorrido silbando una alegre melodía, sin embargo al llegar a la mitad exacta del río la tortuga sintió el terrible piquete del escorpión en la base de su cuello, atónita al tiempo que sentía como su cuerpo se entumecía y comenzaba a hundirse solo pudo voltear a ver al escorpión y preguntarle -Que paso?- a lo que el escorpión respondió antes de ahogarse -No lo pude evitar, es mi naturaleza...-

Autor desconocido

miércoles, 23 de enero de 2008

Víctimas de su pasión IV

Simon Combes, el pintor de lo salvaje

Combes nació en 1941 en Inglaterra, pero a los cinco años emigró con sus padres a Kenia. Recorrió África con el Ejército británico y cuando se licenció, se dedicó a su pasión: pintar. Era el pintor de referencia de la vida salvaje, no sólo en África. Viajó por Suramérica, la India o Mongolia. Decía que el animal que más miedo le provocaba era el hombre, pero en 2004, cuando paseaba cerca de casa en Kenia, un búfalo cargó contra él corneándolo hasta matarlo.

Autor desconocido

lunes, 14 de enero de 2008

Víctimas de su pasión III

Michio Hoshino, un japonés en Alaska

A los 16 años le impactó un artículo sobre Alaska del National Geographic y desde entonces decidió que los bosques boreales, su naturaleza y su gente serían el centro de su vida. Pasó 19 años viajando y fotografiando las soledades de Alaska. Se convirtió en un fotógrafo de naturaleza mundialmente famoso. En 1996, cuando descansaba en un refugio al sur de Kamchatka, entre los mares de Bering y Ojotsk, un oso pardo lo sacó de su tienda y lo devoró.

Autor desconocido

jueves, 10 de enero de 2008

Víctimas de su pasión II

Timothy Treadwell, ´grizzly man´

Estaba convencido de que tenía un don y que los osos lo aceptaban como uno más. Después de pasar largas temporadas con ellos, había ganado reputación como naturalista. En 2003, él y su novia visitaron el refugio de osos grizzly de Katmai. Llegaron en otoño, cuando los alimentos empiezan a escasear. El piloto que fue a recogerlos semanas después encontró a un macho enorme devorando los restos del naturalista. Su novia había muerto al intentar defenderlo.

Autor desconocido

jueves, 3 de enero de 2008

Víctimas de su pasión I

Steve Irwin, el cazador de cocodrilos

Nacido en Melbourne, Australia, en 1962, comenzó a aficionarse a los animales salvajes en el parque de reptiles de sus padres en Queensland, hoy el Zoo de Australia. Durante una de las demostraciones que realizaba diariamente dando de comer a los cocodrilos marinos llamó la atención a un productor de televisión, que lo invitó a su programa. Desde entonces, la carrera televisiva de Irwin fue meteórica y rodaba documentales con la fauna más peligrosa. El 4 de septiembre, mientras filmaba su nueva serie, Los más mortales del océano, Irwin se acercó a un arrecife cercano a Cairns decidido a grabar a las pacíficas rayas. Cuando estaba sobre una de ellas, ésta le clavó su espina caudal con la mala fortuna de hacerlo en el corazón. Murió a los pocos minutos.

Autor desconocido

martes, 18 de diciembre de 2007

Cuatro individuos

Había una vez cuatro individuos, TODO EL MUNDO, ALGUIEN, NADIE y

CUALQUIERA.

Había un trabajo importante para hacer, TODO EL MUNDO tenía que hacerlo, pero no se preocupaba porque estaba seguro de que ALGUIEN lo haría.

En realidad CUALQUIERA podía haberlo hecho pero finalmente NADIE lo hizo.

Cuando NADIE lo hizo, ALGUIEN se puso nervioso porque TODO EL MUNDO tenía el deber de hacerlo.

Al final de cuentas, TODO EL MUNDO le echó la culpa a ALGUIEN cuando NADIE hizo lo que CUALQUIERA podría haber hecho.

Autor desconocido

lunes, 17 de diciembre de 2007

Mi destino

Y todo parecía estar en silencio...

Los hombres se miraron. Sus ojos centelleantes, no atinaban a algo o a alguien en especial; solamente se movían sin parar, nerviosamente, como si todos estuviesen en el más profundo de los sueños.

Pero todos estaban ya desvelados.

Un temor extraño los embargó; algunos pensaron en escapar, otros, estaban muy acobardados siquiera como para moverse.

Uno de ellos parecía estar en calma, aunque sus manos temblaban sin parar, y sus pies se movían nerviosamente levantando un poco de polvo.

La luna parecía ser enorme; tal vez tenía mayor tamaño que de costumbre, como para alumbrar el lugar y el momento en que todo empezaría.

Escucharon algunos pasos que se acercaban, acompañado de un inconfundible sonido metálico.

El sólo hecho de asociar ése sonido con el destino que vendría, hizo que las rodillas de uno de los hombres se aflojaran; acto seguido, cayó pesadamente al suelo levantando una cortina de polvo.

—Vamos... levántate —dijo su compañero—, mientras lo tomaba del antebrazo y lo ayudaba a reincorporarse.

—No... no... —balbuceó el muchacho mientras trataba de reincorporarse.

—¿Qué sucede... que te sucede? —preguntó el hombre más viejo.

—No... no... quiero estar aquí —dijo susurrando el muchacho.

—Yo tampoco quiero estar aquí —replicó enseguida su compañero—. Tengo miedo... mucho miedo —el viejo suspiró entrecortadamente, hasta parecía que los latidos de su corazón se hubiesen trasladado a sus labios.

—Tengo miedo, tengo mucho miedo —repitió—. No solamente por el hecho de no saber lo que le sucederá a él; sino, que tengo miedo también porque no sé que nos sucederá a nosotros.

—No quiero morir... por favor, no quiero morir —dijo acongojado el más joven—.

—Lo sé... lo sé —respondió su compañero. Lo miró de reojo con cierta impaciencia, y guardó silencio.

Uno de los hombres caminó dos pasos hacia el hombre que se mantenía inmóvil cerca de una enorme roca.

—¿Qué hacemos ahora? —le preguntó—.

El hombre que parecía estar siendo carcomido por un inmenso nerviosismo, lo miró y le dijo—: Ahora... ahora es cuando todas las decisiones que tomamos en nuestra vida, se hacen realidad. Ahora es cuando nos hacemos cargo de nuestras elecciones y nos replanteamos una y otra vez, si hemos tomado la decisión acertada. Ahora, es cuando dejamos todo nuestro tiempo, nuestros sueños, nuestro llanto, nuestro camino, y nuestro corazón por nuestros ideales, y por nuestros valores.

Ahora amigo mío... es cuando te darás cuenta que tus pasos van marcando una señal a cada movimiento, y esos pasos van formando un camino, ése camino va formando una vida, y esa vida un destino. Y ten cuenta, que nada de lo que hagas hoy será olvidado, porque aunque tengas miedo al igual que yo lo tengo, has de caminar siempre con el sentimiento de haber escogido lo mejor a cada momento...

Un búho que estaba sobre una rama, sobrevoló la cabeza de los hombres, escapando del sofocante humo y del sonoro ruido que producían los pasos y el choque de metales.

—¿Acaso no tienes miedo? —le preguntó nuevamente el hombre.

El que hasta ése momento estaba de pie, se acuclilló lentamente, exhaló un poco de aire, y se irguió nuevamente.

—Tengo mucho miedo... mucho —respondió con la voz entrecortada por el inminente desenlace—. Más de lo que puedes imaginar —continuó diciendo—, pero mi miedo no es el miedo de ustedes —miró a cada uno de los hombres girando lentamente—, porque cada uno de ustedes lleva en sí su propio miedo interno, y cada uno de ustedes en éste mismo momento aún estando juntos, uno al lado del otro, siente individualmente su temor. Y aunque juntos, el temor ha abrigado su alma, y aunque separados, el temor acariciará su corazón de la misma manera. Y no crean que mi corazón es ajeno a sus temores, porque aún cuando mis palabras que hoy escuchan pueden hablar del miedo, el temor en sí que habita en éste momento en mi alma, no podrá ser vivido por ninguno de ustedes jamás.

—¡No es necesario que hagas esto... no hoy! —exclamó el hombre más viejo, soltando al muchacho—. Y se acercó caminando lentamente a su amigo; y se acercó caminando, como si estuviese herido de muerte.

—¡No hoy! —susurró una vez más lastimosamente—.

Pronto se dejó ver una muchedumbre que se acercaba amenazadoramente.

Algunos pájaros volaron rápidamente entre los arbustos.

—Los caminos son extraños —dijo el hombre mirando de lejos a la muchedumbre—. Pero cuando más extraños son esos caminos, más posibilidades hay de que el hombre se pierda; y yo les aseguro, que cuando un hombre se pierde en infinitos caminos, no le queda otra alternativa que conocerse a sí mismo para encontrar el camino que lo llevará de regreso a su hogar; y cuando llega a su aposento, él mismo se duerme transformado, porque se da cuenta al fin, que ése mismo día se ha encontrado, y ya no tiene miedo de salir nuevamente a recorrer las infinitas opciones que le entrega el Maestro. Nunca duden de su camino, jamás cieguen sus ojos voluntariamente a los caminos que están andando, no abandonen ésta vida sin recorrer las distintas posibilidades que se les ha entregado; porque no existe nada más cierto en ésta bendita tierra, que un ser que ha encontrado su destino andando, errando y acertando a cada instante, porque no existe nada más verdadero en ésta bendita tierra, que la sabiduría de aquel que se ha transformado conociéndose en las tribulaciones más insoportables que el alma puede llegar a vivir; y ciertamente les digo, que yo ésta noche he encontrado mi camino; ésta es mi decisión, y éste es mi destino.

La masa de hombres estaba a pocos pasos.

El hombre guardó silencio. Todos hicieron silencio.

El sonido de metales cesó y solamente se veía varias columnas de humo, que sobrevolaban las cabezas de todos, y que eran arrastradas rápidamente por el viento.

Un hombre se apartó de la muchedumbre y se acercó lentamente, miró desinteresadamente por unos instantes a los demás, y vociferó: —¡¿Quién de ustedes es El Nazareno?!

—Yo soy el que buscas —respondió el hombre con nerviosismo—.

—¡Llévenselo! —gritó el soldado blandiendo una antorcha—.

Y todo parecía estar en silencio. La luna parecía iluminar más que de costumbre; y ésa noche, un hombre al fin encontraba su destino.

Jesús Alejandro Godoy